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Te vas a quedar para vestir a los santos

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Dom, 14 de mayo de 2017

Por Brinella Fernández

Muchacha, pero ¿es que te vas a quedar para vestir a los santos?

Si apenas has pasado la veintena, probablemente no conozcas esta expresión que hace alusión al hecho de que una joven no tenga novio o haya contraído matrimonio a una edad que, para determinado medio o cultura, es el límite conveniente para la soltería.
En la generación a la que pertenezco se padeció de estas advertencias: Cásate pronto, búscate un novio, no te quedes para vestir santos, no te vayas a quedar jamona; cuidado si eres muy quisquillosa, ya no estás en edad de ponerte exigente… y otras tantas frases condenatorias en torno a la decisión o a la circunstancia de la soltería femenina.

Por razones que desconozco no tenía prisa en casarme, como sentía en otras chicas. Había tenido varios novios y si bien tenía en mis planes formar una familia, nada de premura respecto al tema de casorio. A mí no me parecía que se me estaba acabando el tiempo ni nada por el estilo, pues veía que había tanto que quería hacer aún. Siendo una chiquilla todavía, observaba cómo la generación anterior a la mía recibía una presión casi despiadada que ponía a las muchachas en situación de auto desvalorizarse. De alguna manera esa presión se transmitía, sutilmente, a mi generación.

Así las cosas, vivía mi soltería y mi vida profesional feliz y encantada, siendo reportera del periódico El Nacional de Ahora, con amistades y mucha actividad social y familiar. Claro que ser mujer en un medio con escasa representación femenina, fue un gran reto. Digamos que para ese tiempo todo el entorno del periodismo estaba diseñado y previsto para hombres. Los periódicos apenas comenzaban a mirar hacia las jóvenes que nos formábamos en aulas universitarias para ser profesionales del periodismo. Las mujeres que laboraban en los diarios no llegaban a media docena y provenían de otras carreras universitarias o eran, como la mayoría de los hombres, “enganchadas” (así se les llamaba a quienes no habían cursado la carrera de periodismo que, dicho sea de paso, no existió en el país hasta los años 60, cuando la UASD abrió la escuela en la que me formé).

Los hombres de la prensa tenían costumbres y hábitos que las jóvenes universitarias no aprobábamos, tanto en el lenguaje como en las frecuentes bebentinas. Alguna vez alguien me sugirió que no sería buena en el oficio si no era capaz de ingerir alcohol. Aún así, me mantuve entre limonadas, gaseosas y uno que otro coctel sin alcohol.

Las pocas mujeres que ejercían el periodismo se dedicaban a las sociales. Desde el principio me aseguré de que mis superiores supieran que ése no era mi camino.
La responsabilidad de cubrir fuentes de información sin aún haber terminado la carrera universitaria implicó un reto para mí y a la vez una experiencia maravillosa, excitante e inolvidable. Pero también, una gran responsabilidad, que en mucho pude sostener gracias a los principios democráticos y éticos que recibí, principalmente de mi padre, don Manuel Fernández Mármol, y de maestras y maestros en toda mi formación académica, todo esto sumado a los buenos ejemplos.

La mayoría de mis amigas y relacionadas ya estaban casadas y con varias crías. Al cumplir mis 21, llegó el día en que la labor de motivación al matrimonio no cesaba y acechaba por doquier. Parece que quizás como recurso subconsciente en pos de la conservación de la especie humana, había gentes, sobre todo mujeres, que realizaban esa función casi como celestinas medievales, aunque de manera un poco más sutil que en anteriores generaciones. Reuniones familiares, de amistades, encuentros de todo tipo, podían ser el espacio para recordar a las jóvenes “casaderas” que había que apurarse en elegir pareja y posible marido.

El caso es que para la cosmovisión de la época me casé un tanto “tarde”, al final de la década de los sesenta, a los 24 años, y sin apuro alguno. Pero ahí no termina todo. Una vez casada, en el entorno se reinicia otra labor (estoy más convencida de que se trata de conservación de la especie), pues el tema cambió a: cuándo vienen los hijos, los hijos son la seguridad de la vejez, los hijos son esto, los hijos lo otro… En fin que mi primogénita llegó casi dos años después de casada, cuando se nos antojó, igual que el momento del matrimonio.

Lo cierto es que desde muy joven supe que ser mujer en una sociedad apegada a cánones y tradiciones implica mantenerse alerta y emocionalmente fuerte, para no sufrir y dejarse presionar hasta el punto de llegar a traicionarnos a nosotras mismas y a nuestro proyecto de vida.

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