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Lun, 26 de junio de 2017

Por Carmen María Grullón Cabral

“Nació para el amor, vivió para el bien, y murió en olor a santidad”. (J. Bautista Lamarche)

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Corrían los finales del siglo XIX, cuando en una mañana de diciembre, las brisas del Atlántico, saludaron la llegada de Elupina, una niña que entraba a la vida abrazada a la Divinidad.

Enfrentada a la orfandad desde los siete años, Elupina Cordero manifestó su conexión especial desde muy temprana edad. De salud precaria y piel delicada, sufría hemorragias ante cualquier lesión. A sus doce años, perdió la vista sin razón aparente, despertándose en ella un llamado divino que la inclinó a convertirse en religiosa y a dedicarse por entero al servicio, el desapego y la oración.

La Srta. Elupina acogía a desahuciados, dementes y huérfanos, alimentaba sus almas y sanaba sus cuerpos, haciendo de su modesta casa, un hogar. Su contacto con la fe y la misericordia, y los milagros de amor que obraba desde su ciega juventud, llevaron su nombre al alma de todos en su pueblo, así como a la de aquellos enfermos de lugares remotos del país que acudían a beber sus tizanas y remedios o a ser tocados por sus manos llenas de virtud.

Carente de herencias u otros recursos, pero apoyada por las donaciones amorosas y agradecidas, la Srta. Elupina construyó una pequeña capilla para la oración y la contemplación, un espacio levantado piedra a piedra, que dedicó a Teresa de Jesús, la Santa de su devoción. A pesar de ser lisiada e invidente, redactó métodos de estudio teológico, compuso cánticos de alabanza, creó textos educativos que exaltaban la fe y los valores, e hizo por años las veces de médico y sacerdote para su comunidad.

Sintiendo que había cumplido su propósito en la tierra, la Srta. Elupina decide dejar avanzar la hemorragia que le quitó la vida, y fallece exangüe el 4 de junio del 1939, a los 47 años de edad. Su pequeña ermita, ahora santuario y morada final, cuida en capilla ardiente de sus restos y su casa es un museo que conserva sus exiguas posesiones materiales para la posteridad. Allí reposa, la guitarra que aprendió a tocar de oído y con la que, rodeada de adultos y niños, solía ponerse a cantar; y el crucifijo para rezar el rosario, cuyo Cristo muestra un brazo desgastado, ya que dicen que ella acostumbraba acariciarlo siempre en el mismo lugar.

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Srta. Elupina Cordero, Santa dominicana no beatificada, perfumada de brisa y de sal…, usted escuchó con el alma la voz de su Maestro, y dedicó su vida, sus manos y sus rezos a llevar esperanza a la gente simple de Sabana de la Mar. Hoy me acerco con reverencia a su recuerdo y me pliego agradecida ante su legado de fe, devoción y humildad.

Fotos: Fuente externa
Primera foto: Capilla Srta. Elupina Cordero en Sabana de la Mar
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