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Soy verde por naturaleza

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Jue, 01 de junio de 2017

Por Brinella Fernández

Desde muy chica me di cuenta de que tenía una muy estrecha relación-necesidad e inclinación con la naturaleza. Sé que estar entre plantas, flores, caminar entre arboles, en un jardín floreado, en fin con lo verde, caminar a la orilla de un río, en la playa… todo ello me nutre. Las tonalidades ligadas al verde son las que más llaman mi atención.

Me produce gozo también la fauna y los minerales, las piedras, rocas, gemas, ramos secos, palos, hojas secadas al natural, cortezas de arboles, lianas, caracoles, plumas. Utilizo restos de la naturaleza para adornar y para crear, y todo esto me aporta vida, me da razones para existir. Son nutrientes cotidianos que le van dando sentido y razón a mi jornada, conviven conmigo en mi casa, en mi patio, o transformados en adornos.

Creo que soy lo que en ingles llaman “green fingers” (dedo verde), pues todo lo que planto fructifica; por supuesto, siempre y cuando lo cuide y atienda. A lo que se refiere la expresión dedo verde es a una especial facilidad de hacer fructificar lo plantado, por ejemplo lograr fácilmente que una estaca de rosa se prenda, cosa que a algunas personas no les ocurre por más que cuiden lo plantado.

Esta cualidad la descubrí siendo ya adulta, adulta (o sea, entradita en años). Me he pasado toda la vida plantando –no importa donde esté o llegue, algo planto. Me gusta regalar plantas que he reproducido con mis propias manos. Pido plantas a las amistades y recojo donde se puede recoger para reproducir. En fin, siempre ando con las uñas un tanto manchadas de tierra, y es que el contacto con ella, si bien reseca un poco mis manos, me produce un gran gozo. Recolectar lo sembrado –sea una rosa, o sea maíz, sábila o auyama; sean helechos para adornar la casa o yerba buena para aderezar una limonada, todos ellos resultado de haberlos plantado– alimenta mi existir.

Dicen (quienes dicen saber del asunto) que al tomar algo de la naturaleza hemos de pedirle permiso y hasta explicar las razones por las cuales estamos tomando la hoja, la rama, la flor, el vegetal, el agua o una piedra, como manera de respetar la vida y de establecer una relación armoniosa con nuestro entorno al cual, en tanto y en cuanto seres vivos, pertenecemos.

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En el hogar en que me crié se solía sembrar. La parte trasera de la casa se convirtió en conuco en plena ciudad capital, y siempre había flores y follaje. Las vacaciones en casa de los abuelos y otros pariente, sembradores y cultivadores, implicó un contacto directo con la siembra, el cuidado y la recolecta, y hasta con la transformación, por ejemplo de la hoja de tabaco en andullo, o de la leche de vaca en queso.

Iniciar la adolescencia adentrándome a lomo de caballo por la Sierra de Yamasá, sin luz eléctrica, sin agua entubada, sin vecinos de cultura urbana, fue un gran regalo de mi padre como medida para manterse en un perfil bajo en tiempos de la tiranía trujillista y así evitar verse obligado a declararse adepto al régimen para salvar la vida. Todo lo que sé del funcionamiento de la naturaleza lo aprendí en La Chiva de Licey al Medio y en Jánico, en Santiago, y entre lomas y ríos de la zona de Serrallés de la provincia de Monte Plata. Puedo reconocer muchos árboles y diferentes plantas, así como el cantar de muchas aves.

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Recuerdo el volar de pavadas, de cotorras, de guineas, y los cuervos anunciando lluvia. Viene a mi memoria el sabor del arroz secano, y de la yuca plantada a la usanza original de nuestros primeros pobladores, los taínos: creando una montana de tierra, en ella se plantaban los esquejes de yuca y se esperaba el tiempo necesario. Este sistema tiene la ventaja, maravillosa, de que no hay que sacrificar la planta para extraer la raíz comestible. Simplemente se escarba con cuidado y se corta la raíz que esté lista para comer; se vuelve a echar tierra sobre las raíces, y la planta sigue su labor de crear raíces alimenticias.

Hoy, suelo recolectar las cáscaras de huevo para nutrir la tierra y espantar las babosas; las cáscaras de guineo las uso para hacer florecer las rosas, los lirios y la violeta imperial. Aprovecho la borra de café como abono y produzco tierra con restos de alimentos y follaje. Seco pétalos de flores y ramas para múltiples usos. Replanto lechugas, apio, cilantro, cortando la parte baja de lo que compro en el mercado o supermercado y pruebo a reproducir los tallos de rosas y otras plantas. Recojo y compro semillas que siembro y comparto.

La convivencia con los animales es otra vertiente vital para mí. Tuve el privilegio de que en mi niñez y adolescencia el contacto con animales era parte de la vida cotidiana: avecillas, gallinas, patos, pavos, gatos, peces y perros; palomas, caballos, vacas, mulos, burros, conejos, cotorras, cuervos y el resto de la fauna menos doméstica era vivida como parte del entorno. Lagartos, culebras, ranas, entre otros, no eran para temerles sino para observarlos y establecer una convivencia armónica y respetuosa. De chica tuve como animales de compañía bajo mi responsabilidad y cuidado un conejo, un cuervo, un chivito, peces, gatos y perros. En el presente, igualmente, me gusta estar rodeada de animales domésticos.

Soy verde por naturaleza, como somos todos aunque a veces lo hayamos olvidado. Y sinceramente creo que esto ha enriquecido mi existir al aportarme el nutriente que es de por sí el estar en contacto con cualquier elemento de la Pachamana (la Madre Tierra), que me acompaña en mi andar y me impulsa a la reflexión y a una mirada compasiva e inclusiva de las fuerzas naturales.

 

Me considero una sembradora, una campesina embullá viviendo en una selva de cemento.

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