POR LORI

Te cuento un poco de mi vida: Mis experiencias, cómo pienso y cómo siento, lo que amo y lo que me da vida, y también aquello que me hace crecer.

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Sofía: Mi precioso regalo de la vida

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Mar, 02 de mayo de 2017

Hola, amiga. Hoy quiero comenzar a contarte un poco de mi historia, de las experiencias que me hicieron darme cuenta de lo importante que era comenzar a descubrir y manifestar más plenamente la mujer que soy.

 

Todo inició en una preciosa casa ubicada en un sector distinguido de la ciudad. Mi hermana y yo éramos las niñas encantadoras de un matrimonio que guardaba las apariencias pero que ya no funcionaba. Cuando finalmente llegó el divorcio, nuestro mundo se volvió patas arriba. Todos querían guiar nuestras vidas –dizque para ayudar– y por todos lados asomaban diferentes opiniones, continuas discusiones sobre cómo repartir aquella vida, visitas por días a los abuelos, y los sentimientos de traición cuando alguna de nosotras se inclinaba más hacia un lado que hacia el otro.

 

Sentí que la suerte nos había abandonado y que estábamos dejando atrás un estilo de vida del que nunca pensé tendría que desprenderme. En aquel tiempo me pareció que se me derrumbaba la vida. La seguridad de mi hogar había desaparecido, las cosas ya no eran tan predecibles. Por otro lado, yo estaba malacostumbrada con tanta servidumbre a mi disposición, y mi cambio de princesa a plebeya fue bastante duro. Pero como dice mi madre “hay que seguir pa’lante”, e hice lo mejor que pude para adaptarme. A partir de ahí, comenzó mi arduo trabajo para conquistar las cosas.

 

En el colegio siempre tuve buenas calificaciones y así continué en la universidad. A mis 20 años ya estaba un poco más aterrizada: quería graduarme, ser exitosa en mi profesión y ganar dinero para poder mimarme y darme gustos. Estaba aprendiendo a trazarme algunas metas. También tenía muchas amigas. Mi rebeldía auténtica y sin filtros me volvió, hasta cierto punto, popular. Me convertí en un capullo envuelto en una atractiva cubierta.

 

Por otro lado, tenía una inteligencia sin igual –sobre todo a la hora de evadir las tareas domésticas. Mi familia y amigos solían no asignarme quehaceres complicados en la casa…, ni en la playa, ni en el campo. En eso yo era un desastre, pero no era intencional ni por holgazanería (aunque opino que lavar trastes sucios puede resultar bastante fastidioso. ¿Tú qué crees?). Más bien tenía otras prioridades: mis estudios, la computadora, pintarme las uñas, hablar con mis amigas. En la cocina, era tan torpe que entre que yo cocinara y gastar dinero, los demás preferían pedir pizza. Algún vaso roto era el saldo al fregar; dañaba una que otra pieza al lavar la ropa; y de cocinar no sabía ni freír un huevo (por cierto, siempre me ha parecido que ese dicho no es el mejor paradigma, porque freír bien un huevo tiene su truco y no es tan fácil aquello de que te quede la yema líquida, la clara cuajada y los bordes crujientes). Con frecuencia escuchaba a mi familia profetizar: “no te preocupes, espera a que se case, ya verás cómo cambia”.

 

Por mi parte, soñaba y me preparaba para una vida de grandes retos empresariales, viajes que enriquecerían mis conocimientos, y una estupenda familia –como las que se ven en los castillos, con ama de llaves incluida y un instructivo estilo “hada madrina”, jeje.  Pero la realidad fue otra.

 

Al terminar mis estudios me fui al extranjero a hacer mi maestría, con la ayuda y los sacrificios de papi y mami. En Barcelona encontré al que poco después sería mi esposo. ¡Qué años aquellos! Al principio la novedad nos deslumbró, vivíamos con el delicioso desparpajo de la juventud, con una inusual libertad. Pero poco a poco fuimos despertando del encanto. Y –nunca pensé que me atrevería a confesar esto– también llegó el vaticinado momento: mi joven esposo esperaba que, tal como había visto en su casa, yo me encargara de la limpieza, la comida, la ropa limpia y todo lo demás. Yo no estaba acostumbrada a que se esperara todo aquello de mí; además, tenía que ocuparme de mis estudios y de un “part time job” que había conseguido. Y, ya saben, fuera de aquí nada de “muchacha del servicio”.

 

Aun así, Samuel y yo vivimos buenos tiempos y construimos una familia. Cuando llegó nuestra primera hija, ambos tuvimos que cambiar muchas de nuestras actitudes. Después ya estábamos un poco más ajustados como pareja y casi podría decir que fuimos felices. Pero con el tiempo, entre la rutina, la inmadurez, el estrés y las expectativas poco realistas de ambos, la relación fue deteriorándose y comencé a sentir que vibrábamos en frecuencias diferentes. Cuando llegó nuestro segundo hijo las cosas ya habían comenzado a ponerse frías.

 

Aunque ambos teníamos trabajo y de vez en cuando recibíamos alguna ayuda de nuestras familias, la estadía en Barcelona se fue poniendo un poco difícil. A duras penas lográbamos llegar a fin de mes. 

 

En la casa, también me comenzaba a sentir apática con todas las responsabilidades domésticas, en oposición a mis sueños de éxito profesional. Me volvía un lío cuando tenía que buscar solución al polvo en las ventanas, la estantería pendiente de organizar, las comidas de la semana y la atención a los niños. Si no lograba sobrellevar los días se me caía el mundo encima y los fines de semana estaba malhumorada. En fin, ya hartos del desorden, las limitaciones económicas, la desilusión por el éxito no alcanzado, y cada vez más descontentos con los desacuerdos, Samuel y yo decidimos separamos.  Y en verdad, fue lo mejor para los dos.

 

Después del divorcio, regresé al país. Me sentía frustrada. Me miraba al espejo y me decía “soy atractiva, tengo una carrera, un máster y –¡caramba! – caigo en pánico cuando veo mi fracasado intento de llevar mi propio hogar”. Fue doloroso para mí. Viví con mis hijos en casa de mi madre y después de un tiempecito –mejor dicho, casi un año– ansiaba tener mi propio espacio.

 

En fin, he pasado por momentos muy duros y también por tiempos de gran felicidad, que luego poco a poco te contaré. En cada ocasión aprendí a levantarme, agradecer y sonreír. Engordé, rebajé, fui a terapias, conseguí buenos trabajos, hice cursos de cocina, de feng shui (para armonizar “mi vida y mi espacio” –dicen que funciona), comencé a levantar un negocio propio, me reconcilié conmigo misma… Reuniones del colegio, actividades extracurriculares para los niños, plomeros, electricistas, gimnasios a los que a veces no asistía, algún grupo de oración, terapias, y hasta pérdidas, han llenado mi vida. Lo que te puedo adelantar es que, a lo largo de este camino, he adquirido una cierta sabiduría en el arte de SER mujer, vivir y equilibrar mi hogar.

 

Esta es sólo una parte de mi vida y me hace mucha ilusión contante muchas cosas más.  Quiero hablarte de mis experiencias y mostrarte mis aprendizajes. Cuando las mujeres hacemos conexión, podemos aprender mucho una de la otra. Abriéndote mi corazón, quiero motivarte a abrirme el tuyo. Juntas podemos lograr la magia de sanar, transformarnos, crecer y crear un mundo más amigable para todos y en especial para nuestra descendencia.

 

Cariños,

1firmalori

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