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El tiempo y la vida, momentos mágicos

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Vie, 3 de noviembre de 2017

Por Brinella Fernández

La preocupación humana por el tiempo –por el paso del tiempo, cuánto tiempo queda, por ganar tiempo, por no perder el tiempo, por cuánto tiempo ha pasado, cuánto tiempo falta, cuánto tiempo de espera, cuánto tiempo para nacer, cuánto tiempo de vida, cuánto tiempo para morir…– ha estado siempre presente. 

En su preocupación por el tiempo y el paso del tiempo, la humanidad ha inventado un aparato que registra y muestra el tiempo y el paso del tiempo, con pretensiones de establecer el tiempo preciso tanto como el preciso tiempo de cada cosa y de cada cual.   

Así surgen los simpáticos relojes de arena que marcan un minuto de tiempo, y los relojes del sol –como el que existe en la ciudad intramuros de Santo Domingo frente al puerto, y el que está en el parque de Bánica, ciudad fronteriza del sur de nuestra media isla.

El tiempo, justamente, dio paso a la concepción de aparatos cada vez más sofisticados para registrar y marcar el paso del tiempo, la hora, los minutos, los segundos.

Conocemos relojes con sus manecillas y versiones de relojes sin ellas, que nos ponen en contacto con el invisible tiempo y su avance, que en un pasado lejano sólo era medido por el sol y sus diferentes posiciones durante una jornada –desde su nacimiento hasta su ocaso, para dar paso a la aparición de la Luna.

“Qué rápido pasa el tiempo”, “parece que el tiempo no pasa”, “el tiempo ahora va más rápido”, son frases frecuentes en nuestras pláticas, sobre todo en las zonas urbanas. Pero para nada esto quiere decir que tengamos mucha consciencia del paso del tiempo, si no observamos un reloj o nos guiamos por las posiciones del sol y la aparición de la luna, o la innegable llegada de la noche y el amanecer de un nuevo día. Sólo así.

Observando –casi sin pestañar– la marcha de un reloj, podemos observar el paso del tiempo. También valiéndonos de un aparato marcador del tiempo que utilizan los músicos: el metrónomo.

Es justo el metrónomo con su sonido tic tac el que suele darnos una sensación de aceleramiento y de que el tiempo avanza. También si tenemos la experiencia de un reloj cucú, de esos antiguos que tienen cadena y que el leve paso de la cadena nos anuncia el avance del tiempo, o el avecilla que canta anunciando el avance de quince minutos, media hora o una hora.

Sin embargo hay momentos mágicos en la vida terrenal en los cuales el tiempo se detiene; y decimos mágicos pues en ellos se produce una sensación de detención del tiempo, como si todo se paralizara para dar paso a un hecho vital, si bien es posible que estemos en movimiento o veamos personas a nuestro alredor moviéndose.

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Mi experiencia de esos dos momentos tiene que ver justamente con la vida y la muerte; vale decir, con el momento de ver nacer una criatura y el momento de ver morir a alguien.

El 20 de enero 1982, poco antes de caer la tarde en Santo Domingo, República Dominicana, día en que mi padre murió, al momento en que expiraba había movimiento alrededor; empero, la sensación de que el tiempo se había detenido estuvo en mí por primera vez. Fue efectivamente una sensación mágica la de ver concluir una vida y si bien mi corazón se partía en pedacitos, pude sentir la grandeza del vivir, del don de la vida y la presencia de una energía de bruma en el entorno.

El espacio donde murió mi padre, don Manolo, se llenó de una sensación extraña, de una presencia que anunciaba, suavemente, la partida de una vida. Es ese hecho al que llamo momento mágico, tiempo mágico. En el caso de la muerte, si hay aceptación (pues la aceptación se impone), ese momento es posible percibirlo con mayor intensidad con la carga de la vida que parte a otros niveles de existencia, habiendo dejado, el ser, su legado.

Los nacimientos de mis tres hijos nacidos vivos, Lorena, Maya y Canek fueron igualmente momentos mágicos.  La sensación de las contracciones uterinas anunciando la llegada de una criatura, el primer contacto con sus cuerpecitos, su primer llanto, el primer amamantamiento, fueron igualmente instantes mágicos.

El 3 de marzo de 1999, a las 5:05 de la mañana de un helado día en la ciudad de Montreal, Cánada, el momento en que mi primogénita daba a luz a  mi primer nieto, sentí de nuevo la magia descender: esa energía que cambia el ambiente, que da la sensación de estar en otra dimensión de existencia.

La habitación especial de alumbramiento que estaba algo en penumbra se llenó de una luz maravillosa que no sólo se podía ver, sino sentir, casi palpar como una suerte de niebla azulosa. Todo estaba tranquilo, todo era suave y la magia de la vida se hizo presente, sin estridencia, sin llanto fuerte, sin nalgada agresiva: llego Brayden a Gaia.

El tiempo y la llegada de la vida, el tiempo y la llegada de la muerte, son momentos mágicos que la vida me ha regalado.

 

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