POR LORI

Te cuento un poco de mi vida: Mis experiencias, cómo pienso y cómo siento, lo que amo y lo que me da vida, y también aquello que me hace crecer.

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Cruzar el charco: Mi mudanza a Barcelona

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Lun, 27 de febrero de 2017

A mis 20 años soñaba con recorrer el mundo. Con frecuencia afirmaba que podía irme a vivir a otro país fácilmente y bromeaba diciendo que en otra vida había nacido en alguna legendaria ciudad de Europa.

Siempre he sentido cierta fascinación por los lugares donde se pueden ver todas las estaciones del año. También me atraen las ciudades antiguas en las que cada calle y cada edificio me cuenta una historia y me habla de la cultura y de la gente. Me fascina conocer la comida, las costumbres, la forma de ser de la gente de cada lugar, las edificaciones, el arte, los paisajes… Siempre repito esa frase que dice que viajar es vivir, y cada cierto tiempo me dejo llevar por el cosquilleo de la aventura y hago mis maletas. Pero, no es lo mismo ir de vacaciones que mudarse a otro país.

Durante mis estudios universitarios mis padres planearon que me fuera a hacer una maestría a España y con ayuda de algunas personas (además de muchos papeleos) tuve la suerte de poder hacerlo realidad. Al poco tiempo de terminar la universidad me fui a Barcelona. Nunca pensé que mudarse a otro país podía ser una experiencia tan estresante. No era precisamente como yo creía: que podía dormir esta noche aquí y mañana despertar en Barcelona, como si nada.

Mientras estábamos en la fase de planeación todo era excitante y maravilloso. Pero cuanto más se acercaba el día de mi partida más atemorizada y triste me sentía. La idea original era que mi amiga Lissette y yo nos fuéramos juntas y poco después alquiláramos  un lugar para compartir los gastos (una amiga en España nos estaba haciendo la diligencia). Pero el destino tenía otro plan para mí: Lissette iba con beca y no le dieron respuesta a tiempo, lo que provocó que tampoco le dieran la visa junto con la mía. En la última semana conseguí encontrar una habitación en un apartamento de una amiga que era amiga de otra amiga que a su vez era amiga de alguien más. Viajé sola y asustada. Las muchachas del apartamento fueron muy solidarias y se ofrecieron a recogerme en el aeropuerto, pero se retrasaron en llegar y duré dos horas sentada en la terminal, con mi maleta al lado y las lágrimas a punto de brotar. Viví en ese apartamento una semana pues era muy costoso, y luego Lissette me puso en contacto con Arianna, una amiga que se había ido un año antes, y que vivía en un piso donde alquilaban habitaciones para estudiantes. Finalmente me acomodé en el lugar.

Los primeros meses los pasé muy mal. Mudarse a otro país es un cambio muy radical (de hecho está incluido entre las situaciones más estresantes que puede experimentar una persona). En inicio puede parecer muy encantador, eres la recién llegada, la gente con la que tienes contacto quiere enseñarte todo y mostrarte lindos lugares. Eso ayuda a que no te sientas muy mal los primeros días, pero después de la novedad hay que hacer frente a todo lo necesario para acomodarse y sobrevivir. Pronto supe que no era tan fácil mudarse de la tierra que me vio nacer y comenzar una vida en otro lugar del mundo.

A las 3 semanas ya no pasaba un momento del día en que no extrañara todo: mis padres, mi hermana, mi perrita Clío, las noches sentada en el balcón hablando por teléfono con mis amigas, la juntadera de los viernes, el recorrido sabatino por las plazas comerciales,y sobre todo la comodidad y los mimos de mi mamá. Acostumbrada a tener la vida resuelta, ni te voy a contar la “crisis existencial” que tuve cuando me dio mi primer resfriado. Estaba completamente sola y ni siquiera comía porque no tenía fuerzas para pararme de la cama, mucho menos para ir a la farmacia a comprar algún calmante. Mami aquí estaba desesperada, se esforzaba en explicarme cómo hacer una sopa, pero yo lloraba desconsoladamente. Después de ese resfriado, mami cogió la costumbre de enviarme, con cualquiera que fuera a España, funditas con antigripales y calmantes para que yo tuviera siempre a mano. Cuando lo recuerdo siento mucha ternura, las madres suelen ser muy especiales.

Durante mi estadía en Barcelona aprendí lo importante que son las amigas. Arianna se convirtió en una hermana, más que una amiga. Nos apoyábamos mutuamente. Llorabamos juntas y cuando me veía muy “down” se inventaba salidas para divertirnos, o hacía cenas dominicanas para sentirnos como si estuviéramos en casa. En momentos muy duros armábamos paseos de fines de semana para conocer otras ciudades y distraernos de lo mucho que extrañabamos nuestras familias y nuestro país. Yo trataba de no contarle a mami todo lo mal que me sentía porque me apenaba mucho verla preocupada por mí.

Por supuesto, como es natural, con el pasar del tiempo todo fue ajustándose. Tuve la valentía de encarar mi mudanza con una mente bien abierta, buscando recursos dentro de mí que me ayudaran a mantener el ánimo lo más alto posible y continuar preparándome para las nuevas experiencias que viviría en Barcelona. La universidad fue de gran ayuda para mantener mi mente ocupada. Al principio uno cree que no, pero luego se adapta.

Conocer a Samuel también fue algo importante para mí en ese tiempo. Creo que juntos nos sentíamos acompañados y nos dábamos sensación de familia. Cuando recuerdo esos tiempos pienso que es posible que ese “acompañarnos” nos impulsara a pensar en el matrimonio muy temprano de nuestra relación.

En fin, estoy muy agradecida de que papi y mami pudieran pagarme ese viaje, mis estudios y mi estadía allí. También estoy orgullosa de mi valentía y de haber sabido tomar los aprendizajes que me iba poniendo la vida. Además de que fue una experiencia que me transformó y me ayudó a ser más independiente, nunca imaginé que en Barcelona me casaría y que tendría a mis hijos, Sofía y Emilio.

 

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