AMOR PA´MI

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¡Primero yo!

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Sáb, 5 de noviembre de 2016

Por Lori                                                                                       

Hace unos días recibí por whatsapp un video que me envió mi amiga Laura, al parecer, de una conferencista mexicana llamada Enma Vera Cruz. No siempre puedo prestar atención a todo lo que recibo en el celular, pero Laura no suele andar enviando muchas cosas y cuando comparte algo siempre se trata de un material interesante y lindo. El video es la reflexión de una mujer madura que una mañana descubre que se ha olvidado de sí misma, que se ha desconectado de sus seres queridos y que todo lo que le rodea ha perdido sentido para ella, porque el tiempo y las prisas en su rutina diaria no le dejan para más.

La mujer cuenta que se ha levantado más temprano esa mañana, se ha mirado al espejo y se ha dado cuenta de que no tiene sueños y se siente desesperada. Su vida no era así antes, solía tener ánimo y sonreír. Pero en algún momento que ya no recuerda, algo en su vida cambió, dejó de cuidarse, de dedicarse tiempo, y sólo se ocupaba de sus tareas y obligaciones. Al mirarse supo que nadie podía valorarla porque ella misma no se había valorado y decidió que a partir de ese momento se pondría ella primero.

Creo que todas las mujeres alguna vez nos hemos sentido de esa manera, pensamos que tenemos que darlo todo en el trabajo, a la pareja, a los hijos, en la casa, a nuestros padres, a las amigas… sin darnos cuenta de que al hacerlo dejamos en los demás el mensaje de que nosotras mismas nos quitamos importancia, de que menospreciamos nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestras alegrías, con tal de cumplir con “nuestro deber”, un deber que muchas veces es herencia familiar y cultural que tomamos sin protestar.

Está bien si por momentos eres capaz de anteponer algún deseo tuyo por dar prioridad al bienestar de tus seres queridos. Pero esa no puede ser la norma. No se trata de que nos volvamos egocéntricas o irresponsables. Pero la medida de nuestro amor a nosotras mismas, es la misma con que los demás racionan el afecto que nos ofrecen. Somos responsables de enseñarles cómo queremos ser tratadas y sólo podemos hacerlo dando el ejemplo.

La mujer que habla en el video aconseja mirarnos en el espejo cada mañana y preguntarnos si nos gusta lo que vemos en él, y según la respuesta comenzar a realizar los cambios para amar ese reflejo.

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Las mujeres modernas tenemos “mucho oficio”: preparar a los hijos para el colegio, las loncheras, apoyar a la pareja en alguna necesidad, dar seguimiento al servicio doméstico (cuando hay), estar atenta a la comida, a la cena, al súper, supervisar tareas escolares, llevar los hijos a diferentes actividades, estar a tiempo en la oficina o en una reunión, estar disponible para los padres, para los hermanos, uff. Me agoto sólo enumerando tantas cosas que hacemos en el día.

Con tanto quehacer es muy fácil ir olvidándose de los propios sueños, postergando lo que nos gusta: Ese taller de Reiki que hace meses quiero hacer; el libro de Susana Tamaro que quiero terminar (y que voy a tener que recomenzar porque ya no recuerdo de qué tratan las cinco primeras páginas que leí hace mes y medio); el baño relajante con música de ángeles y esencia de sándalo que hace semanas no me doy por falta de tiempo; la taza de té verde humeante, sentada en el balcón con la mirada perdida en el paisaje. Así se nos van pasando los días, que pronto se convierten en meses y muy rápido en años (dicen por ahí que disque los días ya no tienen 24 horas, y a veces creo que es verdad). Y un día nos despertamos con 45, pero sintiéndonos de 90 –como la mujer del video– y nos damos cuenta de que hace tiempo que dejamos olvidados nuestros sueños en un rincón de la cotidianidad.

Por eso, amiga mía, hay que ponerse en el primer lugar sin sentir culpas. Para las mujeres es muy fácil no darnos cuenta de que nos ponemos de último en todo porque tenemos vocación de servir, pero también crecemos creyendo que necesitamos hacerlo para ser aprobadas por los demás. A veces somos serviciales sólo porque así lo esperan, no porque lo deseamos. Y ¡ojo!, dar mucho también es una forma de controlar. Cuando damos demasiado, olvidando nuestras necesidades, creamos un desbalance que al final nos hace sentir enojadas y utilizadas. ¿De qué nos sirve dar y dar si luego vamos a estar infelices por no recibir lo mismo a cambio?

“Intentemos recuperar a esa mujer bella que nos hace sentir seguras.”

Comienza a tratarte como quieres que te traten y verás que pronto vas a sentirte mejor contigo y serás más valorada por tus seres queridos. Empieza a sacar tiempo para ti y a regalarte esas pequeños gustos que te dan felicidad, a proporcionarte tiempo de calidad (igual al tiempo de calidad que has aprendido a dedicar a tus hijos). Te aseguro que tu familia lo va a apreciar, y es que en ocasiones tus cuidados excesivos pueden convertirse en una carga para ellos. Así es como llegas a preguntarte ¿por qué mi hija es tan indiferente conmigo si sólo vivo complaciéndola? Permite que cada quien también encuentre su propio momento. El valor de tu persona y de tu tiempo lo defines tú.

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